Esta noche iba a ir a ver a los chicos mientras Lore iba al lactario. Eran las 2235, y toqué el portero y esperé, como dice el cartel. Me aburrí de esperar y toqué otra vez. Desde donde estaba podía ver que las enfermeras estaban alrededor de la mesa, aparentemente charlando; toqué de nuevo. Después de mucho tiempo, se desprendieron de la manada un par y recorrieron el pasillo hasta donde estaba yo y dijeron, al pasar, que estaban haciendo el cambio de guardia. Este debe ser un procedimiento de alta complejidad que suspende las meras cortesías como atender el portero. Podía escuchar llorar a Pedro, y cuando pensé que el cambio de guardia (incluso el de Buckingham) habría podido concluir volví a tocar. Esperar cuando podía escuchar a mi hijo llorar me fue demasiado, y volví a la sala de espera de neonatología; toqué el portero de ahí una vez, y varias veces más, tomando el tiempo con mi reloj para no tocar demasiado seguido.

Cuando Lore salió del lactario a las 2325 yo no había podido ver a mis hijos. Estaba enroscado en la angustia de la espera, de que no me atendieran, y obviamente llegó un momento en que ni convenía que los fuera a ver porque hubiera sido totalmente contraproducente. Después de abrazarnos y moquear un rato, me di cuenta de algo: si hubiera hecho caso omiso al cartel, y avanzado por ese pasillo hasta donde las enfermeras no pueden otear para otro lado, hubiera estado con ellos, o hubiera sabido el por qué de la espera. Hubiera tenido herramientas para no tener esa crisis. Yo no había podido ver a mis hijos porque tuve la cortesía de respetar un cartel, y al darme cuenta de eso, me dí cuenta también de que no se va a repetir.